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Escrito por: Jesús Ayaquica Martínez
Egresado del Doctorado en Psicoanálisis UIC
julio 3, 2018

Un accidente convirtió a Phineas Gage en el cerebro más famoso de la historia y permitió a la neurociencia avanzar en la comprensión del papel que este órgano desempeña en nuestras emociones y confirmarlo como el centro de nuestra personalidad.

La creatividad y el ingenio de innumerables mentes privilegiadas han logrado conjuntar ideas para producir teorías y artefactos que nos llenan de admiración y hacen de nuestra casa común un lugar mejor. Nombres como Luis Pasteur, Marie Curie, Isaac Newton o Rita Levi-Montalcini, por mencionar algunos, están escritos con letras de oro en la extensa lista de benefactores del mundo.

Sin embargo, en el terreno de la investigación científica sobre el cerebro, algunos de esos progresos formidables no han tenido su origen en una intuición brillante, sino que son producto de un accidente.

Aquella ocasión, algo falló

Una grave lesión, de manera milagrosa, no le costó la vida a un capataz de cuadrilla de trabajadores del ferrocarril, sino que lo llevaría a ser considerado por muchos expertos de las neurociencias como el cerebro más famoso de todos los tiempos.

Phineas Gage, joven atlético de 25 años y 1.70 de estatura, trabajaba junto a sus hombres en la construcción del ferrocarril que cubriría el trayecto de Rutland a Burlington, en el estado de Vermont, Estados Unidos. La obra se abría paso por terrenos rocosos y hacia las 4:30 de la tarde del 13 de septiembre de 1848, como tantas otras veces, Gage y sus hombres efectuarían una profunda perforación en la roca: la llenarían de pólvora, la cubrirían de arena y la apisonarían con una barra de hierro para luego encender la mecha y volar la piedra.

No obstante, aquella ocasión algo falló: al parecer una voz distrajo a Phineas, quien no se percató de que su ayudante todavía no colocaba la arena y se adelantó a golpear con fuerza; la fricción con la roca provocó una chispa y se produjo la detonación. La barra, de algo más de un metro de longitud, tres centímetros de diámetro y casi seis kilos de peso, salió disparada y lo alcanzó. Entró por el pómulo izquierdo, debajo del ojo, atravesó la parte frontal del cráneo y salió por el centro de la cabeza, más atrás de la frente, al inicio de la cabellera. Después de la explosión, la barra terminó a unos 30 metros del accidente, manchada de sangre y de masa encefálica. Contra todos los pronósticos, Phineas Gage no murió.

Al igual que todos los presentes, se quedó atónito, pero despierto; por el estallido, cayó hacia atrás y minutos después tuvo convulsiones en las piernas; sin embargo, para sorpresa de los testigos, en breve empezó a reaccionar y de nuevo pudo hablar. Con pocas esperanzas de que sobreviviera, lo subieron a una carreta y lo llevaron al pueblo más cercano, casi a una hora de camino. Al llegar, bajó por su propio pie y esperó sentado en una silla.

“Doctor, aquí hay trabajo para usted”

Cuando el médico John Martyn Harlow —quien registraría minuciosamente la información desde el momento en que se dio cuenta de que estaba frente a un caso fuera de serie— arribó, Gage, señalando su cráneo abierto como un embudo por donde podía verse el cerebro palpitante, le dijo tranquilo: “Doctor, aquí hay trabajo para usted”.

La primera parte del tratamiento se enfocó en detener la abundante hemorragia causada por el paso de la barra de hierro y eliminar los fragmentos óseos alojados en la herida. En las semanas posteriores, los cuidados del médico se dirigieron a tratar la infección de la región lesionada. De manera por demás extraordinaria, 65 días después del accidente, Gage mostró evidentes signos de mejora y fue dado de alta.

Los nervios ópticos y motores de su ojo izquierdo quedaron dañados y, por ende, perdió la visión de ese lado; pero la movilidad del cuerpo y la capacidad para hablar se mantuvieron intactas. Pocos meses después, regresó al trabajo en la empresa del ferrocarril. Es aquí donde comenzó lo más interesante de esta historia.

“Nunca más fue Gage”

La barra que atravesó su cabeza no terminó con su vida, pero sí con su personalidad. Aquel joven de una mente equilibrada, de carácter enérgico y amable, que sin haber ido a la escuela se distinguiera como un trabajador hábil, especializado y responsable, nunca más volvió: se transformó en una persona irascible, irreverente y blasfema. Su conducta se volvió impredecible, manifestaba muy poco respeto por sus compañeros y era incapaz de contenerse cuando lo contradecían; obstinado y caprichoso, ideaba fantásticos planes a futuro que abandonaba antes de empezar.

Como consecuencia, perdió su empleo en el ferrocarril, no por incapacidad física debida al accidente, sino por su dramático cambio de carácter. Sus compañeros, desconcertados ante lo que veían, exclamaban: “nunca más fue Gage”. El doctor Harlow señalaría en su informe médico: “el equilibro entre sus facultades intelectuales y sus instintos animales parece haber sido destruido”.

Los siguientes años, Gage llevó una vida errática y cambiaba constantemente de trabajo; incluso pasó una temporada en el Museo Americano de Barnum, en Nueva York, donde se exhibió como un fenómeno, junto con su barra, que lo acompañaría el resto de su vida.

Emigró a Sudamérica y vivió varios años en Valparaíso, Chile, donde trabajó cuidando caballos y conduciendo diligencias, en lo más cercano a una vida “normal”. Pero, repentinamente, su salud empezó a deteriorarse y en 1859 regresó a su país y se instaló en San Francisco, con su madre y su hermana.

Intentó conseguir trabajo en una granja en Santa Clara, sin embargo, empezó a padecer severos ataques epilépticos. El 21 de mayo de 1860, a los 38 años de edad y tras 12 después de aquel accidente donde dejó de ser él mismo, uno de los ataques lo llevó a su segunda muerte.

Años después, en 1867, el cuerpo de Gage fue exhumado, con la autorización de su hermana; su cráneo y la barra de hierro, que marcó un antes y un después en su vida, fueron entregados al doctor Harlow. Hoy en día, calavera y barra se muestran en el Museo de Medicina, de la Universidad de Harvard.

El cerebro más famoso de la historia para las neurociencias

¿Qué hay de especial en este suceso, que convirtió a Phineas Gage en el cerebro más famoso de la historia para la neurociencia? En esa época, empezó a demostrarse que las lesiones en el cerebro provocaban alteraciones en el lenguaje, la percepción, la memoria o las facultades motoras y se lograron los primeros avances importantes en la localización del área específica de la corteza cerebral donde se comandan tales funciones.

La lesión de Gage evidenció, por primera vez, que un daño cerebral también podía producir malos modales, cambios emocionales y alterar la conducta que permite la convivencia civilizada, aun cuando las funciones intelectuales, verbales y motrices estén intactas.

En 1994, el neurólogo portugués Antonio Damasio revaloró la importancia del caso de Phineas Gage y lo incluyó con extensión en su libro El error de Descartes, donde plantea sus conclusiones sobre las áreas dañadas del cerebro y su relación con el extraordinario cambio de carácter.

En 2001, Peter Ratiu logró una muy buena copia escaneada del cráneo —el original no puede ser manipulado debido al deterioro ocasionado por los años—, que ha permitido a diversos investigadores, como John Darrell Van Horn, mediante el uso del software más avanzado, determinar con precisión la trayectoria de la barra, localizar las áreas afectadas y el tipo de tejido que dañó el accidente.

La personalidad y el cerebro

Gracias a los avances en las técnicas de neuroimagen, ha podido comprobarse que casos parecidos de lesiones en las mismas áreas han provocado efectos semejantes, por lo que hoy contamos con evidencia precisa de que toda nuestra personalidadincluidas las emociones, la toma de decisiones y todas las actividades que nos permiten la vida social— están relacionadas con fenómenos eléctricos y químicos que tienen su fundamento en la actividad de áreas específicas del cerebro.

Del mismo modo, el caso de Phineas Gage muestra que el daño en una región determinada no hace desaparecer todos los sentimientos, lo cual llevó al descubrimiento de la existencia de varios sistemas cerebrales encargados del control de sentimientos diferentes.

Hoy en día, el estudio de la relación entre las emociones y el cerebro constituye uno de los asuntos más apasionantes que involucra tanto a las ciencias del cerebro como a las distintas teorías psicológicas de la personalidad.

El Doctorado en Psicoanálisis de la Universidad Intercontinental, te ofrece la oportunidad de cursar la acentuación en neuropsicoanálisis, que promueve la investigación, evaluación y vínculo entre las neurociencias y el Psicoanálisis para su aplicación en casos clínicos, como el de Phineas Gage.

Para saber más:

Antonio Damasio, El error de Descartes: la emoción, la razón y el cerebro humano, Barcelona, Crítica, 1994.

Eduardo Angulo, “El caso de Phineas Gage”, Cuaderno de cultura científica, 2014. Disponible en https://culturacientifica.com/2014/05/19/el-caso-de-phineas-gage/

García-Molina, “Phineas Gage y el enigma del córtex prefrontal”, Neurología. Revista oficial de la Sociedad Española de Neurología, vol. 27, núm. 6, julio/agosto, 2012.

Malcolm Macmillan, “The Phineas Gage information page”, The University of Akron. Phineas Gage Information, 2012. Disponible en http://www.uakron.edu/gage/index.dot

* Las opiniones vertidas en las notas son responsabilidad de los autores y no reflejan una postura institucional