Escrito por: Emmanuel

octubre 31, 2017

En el Taller de Textos en Francés II de la Licenciatura en Traducción de la UIC, centrado a la traducción de textos literarios, se practica y se enseña una ética para la traducción literaria, entendida, en primer lugar, no como el utópico e ideal deseo de que el texto traducido sea el original en otra lengua,[1] sino como la exposición que el traductor hará al público lector de todo lo que subyace a su traducción; es decir, del grado de aceptabilidad o adecuación[2] que opera en su texto y las decisiones tomadas para ello en los paratextos pertinentes (notas o comentarios de traducción, glosarios, notas a pie de página, entre otros).  De ahí que en el taller se subraye la importancia de los paratextos en las traducciones literarias y se forme a los estudiantes en su concepción y redacción. De esta manera, no sólo los traductores literarios dejarán de ser “infieles” al original, poniendo al descubierto su diálogo con éste, su lectura (lo que al final termina siendo cualquier traducción literaria, siempre y cuando no sea reescritura, remake o plagio), sino que no serán infieles a sí mismos, ya que adoptando una posición reivindicarán su oficio y su derecho a no vivir más bajo la sombra del texto original y del sujeto-escritor.

Como complemento de la ética ya mencionada, en nuestro taller practicamos otra ética para la traducción planteada por Jean-Louis Cordonnier y Henri Meschonnic en sus libros Traduction et culture (1995) y Poétique du traduire (1999), respectivamente.

Esa ética se presenta como la voluntad de permanecer conscientemente abierto al otro (autor, obra), a su cultura, a su discurso y a su forma de ver el mundo, sin que el traductor ni el otro, se vean obligados a renunciar a sí mismos. No implica una pérdida o un abandono de una de las dos partes, sino una transformación de ambas o, en palabras de Gadamer citado por Cordonnier (1995, p. 152): “Estar abierto al otro implica que admito dejar que se afirme en mí algo que me es contrario, incluso en el caso de que no existiera adversario que sostuviera ese algo contra mí”.

Desde esta ética, la traducción se muestra como una comunicación intercultural, un diálogo entre el traductor y el otro. El objetivo de este diálogo es mostrar la visión del mundo del otro, complementándola, haciéndola en cierto modo más completa, “pero nunca de una forma exhaustiva, ya que vendrán otros lectores, traductores, culturas que verán y comprenderán todavía más” porque las lecturas son infinitas.

Por otro lado, estar abierto al otro no es nada más presentar su hecho cultural en la traducción: hay que traducir su discurso y no la lengua como tal, pues en éste se encuentran inmersas la cultura, la visión del mundo, la oralidad, la corporalidad y, lo que es más importante, la poética del sujeto-escritor y de su obra. Para Meschonnic, la traducción no se lleva a cabo de una lengua a otra, sino de un discurso a otro, de un texto a otro. Lo que se traduce no son lenguas, sino un discurso en una lengua, porque el discurso, el texto en sí es “la actividad histórica de los sujetos y no simplemente el uso de la lengua […] Una realización y una transformación de la lengua por un sujeto. Que sólo se da una vez” (1999, p. 89).  Lo que hace único a ese discurso no es solamente lo que comunica sino la forma en que lo hace. Su originalidad está en las ideas, pero también en la corporalidad de éstas. De ahí que Meschonnic clame por la traducción de la signifiance, el modo de significar: el sentido está ligado a la forma. Poética por poética y no lengua por lengua.

En ese aspecto, no hay concesiones con la lengua de la cultura meta. Ésta será sólo una herramienta de la traducción y no la santa patrona de ella. Si debe ser transformada para hacer pasar al otro o su discurso, así será, ya que esa “violencia” no es tal, sino y al final de cuentas, un enriquecimiento: la extranjerización y la extrañeza[3] lingüística y cultural en las traducciones no pone en peligro la identidad del mismo (cultura meta), porque, después de todo, nuestra lengua y nuestra cultura, ¿no son el producto de un mestizaje? ¿La práctica de la literatura en una lengua determinada, no ha sido normalmente percibida como florecimiento y renovación de ésta, aunque en un principio haya sido vista como violencia? ¿No debería existir esa misma actitud frente a la traducción literaria y para la traducción en general? La clave no es ver esta “extranjeridad” y “extrañeza” en términos de pérdida sino de ganancia. Como dice Cordonnier, “la identidad, en su existencia misma, no corre ningún riesgo, si no hay amenazas serias de dominio militar, económico, político”, lo que no tiene por qué suceder mientras haya diálogo, respeto y buena voluntad. Por eso Steiner no ve a la diversidad lingüística como una discapacidad del hombre, sino como una herramienta de creación: “El género humano no fue aniquilado por la dispersión lingüística, sino todo lo contrario, logró salvaguardar su vitalidad y su poder creativo” (Steiner citado por Cordonnier, 1995, p. 159).

Sin ningún afán de prescripción, se cree con firmeza que la práctica y enseñanza de una ética que produzca traducciones que intenten revelar al otro es necesaria en un mundo marcado por la alteridad, lleno de prejuicios, desconocimiento y rechazo de ese otro (extranjero o individuo diferente étnica, lingüística e ideológicamente hablando, en el seno de una misma nación, cultura o civilización). Al igual que Cordonnier, estoy convencida de que este tipo de traducciones desempeñan un papel esencial en el desarrollo y formación de nuestros estudiantes, no sólo como traductores (de literatura, en el caso del taller que nos ocupa),  sino como hombres descentrados, respetuosos de las diferencias, sin necesidad de renunciar a sí mismos, ya que están conscientes de la relatividad de su sistema cultural, lingüístico e ideológico.

O, parafraseando a la escritora nigeriana Chimamanda Adichie, para escapar del peligro de la única historia sobre cualquier pueblo, lugar o persona que nos los muestra como una sola cosa, una y otra vez, hasta que se convierte en eso, robándole su dignidad, dificultando el reconocimiento de nuestra igualdad humana, enfatizando nuestras diferencias en vez de nuestras similitudes. Para rechazar la historia única sobre cualquier pueblo, lugar o persona, para darnos cuenta de que nunca hay una sola historia sobre ningún pueblo, sobre ningún lugar, sobre ninguna persona y así poder recuperar un paraíso perdido.

 

Referencias

Chimamanda Adichie. Chimamanda Adichie: El peligro de la historia única [Video] (Julio de 2009). Recuperado en agosto de 2017 de https://www.ted.com/talks/chimamanda_adichie_the_danger_of_a_single_story?language=es

Jean-Louis Cordonnier. (1995). Traduction et culture. París: Didier.

Jacques Derrida. (1985). Des tours de Babel”. Recuperado en agosto de 2011 de http://www.jacquesderrida.com.ar/frances/tours_babel.htm#_edn1

Henri Meschonnic. (1999). Poétique du traduire. París: Éditions Verdier.

Virgilio Moya. (2004). La selva de la traducción: teorías traductológicas contemporáneas. Madrid: Ediciones Cátedra.

Gideon Toury. (2000). “Norms in Translation”. En The Translation Studies Reader. Londres y Nueva York: Routledge.

 

[1] El texto origen está marcado por lo que Derrida (1985, passim) llama différance: el texto está siempre en transformación en un sentido, tanto temporal, como espacial, carece de “unidad semántica original”. Ésta es siempre diferente y “aplazada”. Así pues, el original sobrevive gracias a la mutación, al lector que coopera en la producción de su sentido (Moya, 2004, p. 173). O, si se prefiere, puesto en los términos de Steiner, el cual plantea la “no existencia de esa unidad semántica original”, no como una eterna construcción, sino como un potencial inherente al texto origen: todas las posibles lecturas están ahí, aunque no de manera evidente. “El lector activo es el que suple esa potencialidad y el que puede convertir (si su actitud estética es positiva) el objeto artístico que la obra es en un objeto estético pleno” (Steiner citado por Moya, 2004, p. 176).

[2] Conceptos acuñados por Gideon Toury para describir las dos tendencias de la norma inicial que gobierna el enfoque de traducción de un texto. Si se toma la adecuación como norma inicial, el texto meta se adhiere al texto fuente y a sus normas; pero, si se opta por la aceptabilidad, el texto meta operará con las normas activas en el sistema lingüístico y literario de llegada.

[3] Étrangeité y étrangeté, conceptos que maneja Cordonnier. El primero es un neologismo inventado, que en español me pareció que correspondía con la palabra extranjeridad, como adopción o, más bien, transformación de un elemento del mismo por influencia del otro (del extranjero).

Autora: Mtra. Alicia Gerena Meléndez, docente de la Licenciatura en Traducción

* Las opiniones vertidas en las notas son responsabilidad de los autores y no reflejan una postura institucional