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Escrito por: Angélica Monroy

enero 29, 2018

Para el diseñador gráfico existe una disyuntiva qué resolver respecto del perfil general de profesional que asumirá al concluir la carrera: se avocará al perfeccionamiento de determinadas habilidades manuales, técnicas y tecnológicas, o se dará a la tarea de cultivarse en otros campos asociados con la mercadotecnia y la hiperespecialización en alguna área de su profesión.

El diseñador “de restirador” es un “todólogo” que carece, en la mayoría de los casos, de un acervo metodológico, cultural y multidisciplinario. Es el moderno dibujante, quien propone e incluso defiende “a capa y espada” que los gráficos impresionantes son lo único que “vende”. Cruza, de manera repetida y sin rastro de culpa, la línea que lo separa del artista, considerando que plasmar su estilo personal es fundamental, y no obedece orden o estrategia. Desconoce y no le interesa ninguna teoría de argumentación o las propuestas de la semiótica visual. Es un maquilador de las ideas de otros, por lo general mercadólogos, comunicólogos o los propios publicistas.

En cambio, el diseñador de estrategias visuales es un profesional de las artes gráficas, pero también un profundo entendedor de los aspectos más relevantes de la mercadotecnia y la publicidad. Domina y manipula a su antojo, con total conocimiento de causa, los elementos visuales y, obviamente, en función de los objetivos de comunicación y persuasión de su cliente. Libremente se encuentra capacitado para proponer un abanico de ideas creativas para determinado problema,  jugando con los paradigmas de la estética y la composición; sabe a la perfección que la creatividad no se trata de ningún “chispazo del cielo”, sino que es producto de un ejercicio consciente y disciplinado de asociaciones derivadas de la sintaxis, la semántica y la pragmática del idioma que representa su lengua madre, el gráfico visual.

Ese profesional del diseño, según ya no pocos autores, y es necesario aclarar, no diseñadores por cierto, debiera considerarse más producto de una escuela de ingeniería que de una licenciatura, ya que la serie de pasos metodológicos por los que transita para alcanzar sus objetivos, que por cierto son en todos los casos verificables, hacen no sólo posible sino necesario otorgarle el título de ingeniero gráfico, separándolo, de este modo, de aquel cuyo único propósito en la vida parece ser hacer “cosas bonitas” para luego simplemente “firmarlas” y desaparecer en la ignominia de una cultura de productos gráficos carentes del más nimio éxito de comunicación o persuasión.

Autor: Eric Skoglund, egresado y docente UIC de la Licenciatura en Diseño Gráfico