Escrito por: Emmanuel

octubre 31, 2017

Fotografía: UPI/Óscar Órdenes

Más rápido, más pronto, más nuevo, más potente, más excitante, más atractivo,  pero no necesariamente mejor y tampoco en favor de lo que en realidad nos beneficia como seres humanos. La globalización y el avance acelerado de la tecnología si bien ha traído consigo enormes ventajas en general, también ha convertido a las grandes ciudades en espacios saturados que se mueven a ritmos vertiginosos, cuyo desarrollo cotidiano se encuentra sujeto a una cultura de lo efímero, demandante de respuestas inmediatas y automáticas. Tomamos y dejamos, compramos y desechamos en lapsos cada vez más cortos; lo servible y lo inservible representan para nosotros valores inseparables porque vivimos al día y por instantes, lo que nos ha convertido en consumidores insaciables de tiempo y de objetos que, a veces, ni siquiera necesitamos, sin detenernos a considerar las consecuencias de este tipo de comportamiento, el cual se ve motivado, en la mayoría de las ocasiones, por las grandes industrias y empresas que, por querer “ganar más”, elaboran productos de menor calidad o que están diseñados para durar menos, haciendo de nosotros, usuarios poco conscientes, insatisfechos y sí muy dependientes de objetos y servicios impuestos e innecesarios.

Así, por exigencia y bajo la presión de estas condiciones de existencia, nuestra impaciencia por adquirir, usar y dejar, no nos ha permitido ser reflexivos sobre los recursos y los procesos básicos que se requieren para producir y hacer llegar hasta nosotros aquello que consumimos en el día a día y que nos es indispensable para sobrevivir. La renuencia a dicha reflexión y, por lo tanto, el desarrollo de una conciencia sobre nuestros hábitos de consumo, probablemente se deba a que toda reflexión implica un cuestionamiento, el cual, a su vez, motiva el interés, que debería llevarnos a la preocupación y ocupación responsable de lo que sí es importante y que está por encima de nuestras necesidades particulares e inmediatas.

El poco conocimiento sobre el origen y ciclos de duración de aquello que consumimos, así como el insuficiente o nulo interés para involucrarnos en los procesos de producción y traslado, no nos exime de tomar medidas sensatas para cuidar y procurar la conservación y uso adecuado de recursos. En este sentido, la naturaleza ha empezado a “reclamar” nuestros excesos y necedades presionándonos con el cambio climático y con una serie de catástrofes “naturales” que, a manera de advertencia, nos indican que la adquisición de una conciencia de consumo responsable no es más una opción, sino una obligación urgente. Ahora bien, aunque de principio los humanos fuimos creados como los seres físicamente “menos dotados” para defendernos y sobrevivir ante la dureza de los fenómenos naturales; frente a la “insuficiencia”, fuimos dotados de la capacidad para pensar y crear herramientas y artificios que nos permitieran enfrentarnos y adaptarnos a la adversidad.

Si partimos entonces de que la creatividad, o mejor dicho, el pensamiento creativo se trata de la capacidad innata del ser humano para hacer uso de la razón y experiencias previas con el fin de ofrecer la mayor y más variada cantidad de propuestas para la solución de problemas, enfoquemos el uso de este “don” creativo para contrarrestar las consecuencias de nuestra necesidad y necedad de ejercer nuestro “poder” sobre el otro y sobre el ambiente.

El diseño gráfico como una disciplina humanística, eminentemente social y de servicio al otro, al centrarse en resolver problemas de comunicación visual, está comprometido para trabajar en favor de procesos, productos y mensajes que coadyuven a mejorar las condiciones de vinculación y desarrollo humano. Lo anterior convierte al quehacer diseñístico en un saber práctico cuyos procesos tendrían que implicar, para el profesional que lo ejerce, la adquisición de una conciencia sobre el impacto que sus propuestas de solución tienen en sus auditorios y el ambiente al promover, reafirmar y enriquecer valores que busquen su sana pervivencia.

De este modo y relacionado en todo momento con los procesos creativos del pensamiento, el diseñador en general tiene que ser formado sí como un profesional reflexivo pero, ante todo, como un ciudadano ético y crítico sobre su participación en los cambios de hábitos de uso y consumo de objetos y servicios. Un diseñador gráfico con formación integral implica no sólo gestar y participar como intérpretes-traductores de mensajes visuales, sino ser profesionales conscientes de procesos y, por lo tanto, de ciclos; esto es, de aquellos periodos que le toma a un ser viviente, un recurso y/o fenómeno natural para volver al estado o posición que tenía al principio, lo que conlleva un reconocimiento de sus fases hasta ver que se repitan de acuerdo con un orden determinado. Ser conscientes de cualquier ciclo de vida natural y artificial de objetos significa otorgar la debida importancia a los sistemas y mecanismos de producción de aquellos bienes y productos que consumimos y también de los ciclos de durabilidad y aprovechamiento de los recursos que fueron necesarios para producirlos (principalmente energía y agua). Por desgracia, nos deshacemos de aquello que consumimos más rápido de lo que se recuperan los ciclos para regenerarse. Lo que para unos es basura, para otros representa materia prima para ser creativos y prolongar la vida útil de los objetos.

Cualquier extremo es nocivo para nosotros y para el cuidado del ambiente; esto es, es tan negativo el desecho automático e irreflexivo, como la acumulación compulsiva y enfermiza de basura y objetos inservibles, ya que en ambos casos se evita y retrasa el reciclaje de recursos y materiales orgánicos e inorgánicos básicos de producción. Así que, más que un regaño o reclamo, como usuarios tomemos la presente reflexión como una invitación para pensar de manera creativa aprovechando a profundidad todo aquello que hicimos y que incluso pagamos para obtener los artículos que requerimos. Al respecto, antes de deshacernos y tirar a la basura aquello que calificamos como inservible, asegurémonos de considerar los siguientes aspectos:

  1. No acumulemos lo que ya no usamos, compartámoslo y prolonguemos su duración, dándoselo a personas que sí lo valoran y lo necesitan.
  2. Muchos de los objetos que consumimos no representan problemas de “corta efectividad”, pero sí los envases, empaques y envolturas que los contienen, así que antes de tirar a la basura bolsas y cajas, pensemos en su conservación para depositar y guardar otros artículos. (Si nos es posible, solicitemos los productos sin bolsas ni cajas que después vayamos a desechar).
  3. Hagamos un uso moderado de la energía eléctrica, procurando no resolver todas nuestras necesidades por medio de la computadora, sentémonos ante ella con un plan previo de trabajo y consulta que nos permita agilizar el tiempo de consumo.
  4. Como estudiantes, si aún no nos hacemos cargo del pago de los servicios y productos que usamos, práctiquemos el ejercicio responsable de llevar un registro contable de nuestras notas de papelería, compra de libros, gasto de energía, agua y gas; de este modo, comenzaremos a ser más conscientes del esfuerzo y recursos que implican las acciones de consumo que emprendemos.
  5. Al hacer nuestras compras, realicemos cálculos sobre las cantidades que en realidad necesitamos y tratemos de aprovecharlas al máximo.
  6. Transformemos y construyamos: busquemos en lo viejo, lo desechable e inservible nuevos usos en nuevos contextos. Observemos con cuidado los objetos e imaginemos usos distintos a los usuales, prolongando la vida útil de productos, envases y empaques.
  7. Tengamos iniciativa: en cuestiones de participación en la solución de problemas, toda acción en favor del ambiente puede darse desde dos vías: la colectiva, es decir la suma y organización de voluntades con un mismo fin que arrojan resultados a veces más inmediatos y en mayor escala (no hay que olvidar que en un sentido negativo, es así como hemos ocasionado tanto daño en la tierra) y la particular o en “solitario” que responde un poco al “efecto mariposa” que se traduce en pequeñas acciones, aunque constantes e inmediatas, las cuales a mediano y largo plazo, pueden mostrar resultados más duraderos y sólidos. En cualquiera de los casos, o en ambos, no esperemos a que alguien más vea por la salud ambiental, comencemos por nosotros y seamos propositivos.

 Para tener mayor información y sugerencias sobre el reciclaje de objetos y recursos, consultemos la página electrónica de la Secretaría del Medio ambiente: sedema.df.gob.mx, folleto: “Sin moño y sin bolsita POR FAVOR”.

Reciclemos, pensemos creativamente, pensemos diferente.

Autora: Mtra. Ana Gabriela Vázquez Carpizo, docente de la Licenciatura en Diseño Gráfico

* Las opiniones vertidas en las notas son responsabilidad de los autores y no reflejan una postura institucional