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Escrito por: Omar De la Rosa López
Catedrático de la Licenciatura en Pedagogía
abril 26, 2018

En el artículo anterior, comenté que la tutoría, como programa estratégico inmanente a la actual política educativa nacional, tomó fuerza a partir de que, en 2000, la Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior (ANUIES) publicó Programas Institucionales de Tutoría. Una propuesta de la ANUIES para su organización y funcionamiento en las instituciones de educación superior, bajo la coordinación de la maestra Alejandra Romo López. En este libro, se sostiene que los programas de tutoría deben construirse como una estrategia pedagógica que brinde acciones eficaces para ayudar a contener tres de las problemáticas que, según estudios realizados por la misma asociación, afectan de manera importante el trayecto escolar de los jóvenes universitarios; nos referimos a los altos índices de rezago académico, a los bajos índices de eficiencia terminal y al abandono escolar que, si bien no significa lo mismo, en este artículo lo entenderemos como símil de deserción.

En la primera parte de este artículo, también se preguntaba si, aun cuando existe cierta transversalidad en las intenciones y los métodos respecto de la tutoría, sucede lo mismo al momento de definirla; es decir, surgían preguntas sobre si existe una conceptualización estandarizada por parte de las universidades que hoy ya implementan programas de tutoría, o si hay diferencias epistémicas entre la visión de la tutoría construida por las IES y las generadas por los estudiosos del tema. Sobre estas interrogantes, versarán las siguientes líneas.

La ANUIES entiende la tutoría como una forma de atención educativa que apoya, durante los diversos niveles de la educación superior, al estudiante en los distintos ámbitos de su vida académica buscando en todo momento favorecer su formación integral; en otras palabras, la tutoría debe estimular, de manera sistemática y ordenada, los procesos de aprendizaje y construcción del conocimiento, así como la toma de decisiones y generación de conciencia responsable en la construcción de su futuro. En una revisión realizada para mi tesis doctoral, hallé que esta definición se replica en la mayoría de los programas de tutoría de las universidades públicas y particulares, no sólo del área metropolitana, sino también del interior del país. Tales son los casos de las universidades Pedagógica Nacional; Intercontinental; de Colima; del Valle de México; de La Salle; las autónomas de México; de Tamaulipas; de la Ciudad de México; Metropolitana; del Estado de México; de Morelos; así como Benemérita de Puebla; Nacional de Chiapas; Benito Juárez de Oaxaca, y del Tecnológico de Monterrey, por mencionar algunas.

Esta monovisión compartida ha permitido con cierto éxito la realización de trabajos transdisciplinarios y transinstitucionales; por ejemplo, los encuentros nacionales de tutoría que se realizan cada año es evidencia de ello, lo que ha favorecido la institucionalización del sentido de la tutoría en educación superior. Sin embargo, cuando se acude a producciones académicas de varios estudiosos sobre el tema, encontramos numerosas definiciones que dibujan un prisma amplio de significaciones, algunas distanciadas —y hasta podría decir que transgresoras— de la postura oficial. La siguiente lista da cuenta de lo dicho:

  • Para María Eugenia Reyes, la tutoría es una nueva competencia docente y es necesario desarrollarla para atender los retos educativos innatos a las sociedades del conocimiento propias del siglo XXI.
  • Según Rosario López y José Narro Robles, la tutoría no se reduce a competencia docente, sino que forma parte de toda una nueva y compleja cultura escolar, donde entran en juego valores, visiones, ideas y significaciones profundas sobre el quehacer y deber de la enseñanza.
  • Con una perspectiva cognitivista, la noción de Patricia Mar y María Teresa Carballo califica la tutoría como proceso de mediación, donde el papel de ésta es parecido al de un puente que conecta al sujeto con sus propios procesos de aprendizaje y construcción de conocimiento.
  • Desde un posicionamiento de carácter epistémico, Jesús Escamilla, de la mano de la teoría de los campos de Borideau, sostiene que la tutoría es un campo de conocimiento en construcción.
  • Por último, aparece lo que considero el discurso más ontológico, ya que Luis Tamayo recupera la fenomenología heideggeriana para explicar y comprender la tutoría como una actividad autorrealizadora, tanto para quien la da, como para quien la recibe.

Cabe señalar que, de manera tímida, comienzan a asomar miradas para llevar la discusión sobre la tutoría al ámbito de la liberación, tal como lo hizo Paulo Freire con la educación, en la segunda mitad del siglo pasado.

No es fácil homologar en una sola definición a la tutoría. El breve ejercicio que aquí presento no da cuenta de los paradigmas que respaldan cada práctica tutorial. Si a lo anterior sumamos las inquietudes acerca de cómo es que los profesores construyen los sentidos y significados de la tutoría, nos adentraríamos en un campo denso y maravilloso como lo es el de la experiencia de vida. Pero esto lo trataremos más adelante.

 

Contacto: omar.delarosa@uic.edu.mx / twitter: @omarpko

* Las opiniones vertidas en las notas son responsabilidad de los autores y no reflejan una postura institucional