El filósofo griego Aristóteles es el autor de una de las frases más conocidas de todos los tiempos: “El fin supremo del hombre es la felicidad”.

Frente a esta convicción, que ha pervivido por casi 25 siglos, tenemos la propuesta contemporánea de Sigmund Freud: “El plan de la creación no incluye el propósito de que el hombre sea feliz”.

A continuación, se expondrán los argumentos principales de estas dos interesantes visiones del mundo.

Asimismo, se buscará, en el pensamiento de ambos genios, la respuesta a una de las preguntas más inquietantes: ¿podemos ser felices?

Las razones de Aristóteles

Para Aristóteles, vivir como hombre significa elegir un objetivo y dirigir hacia él toda nuestra conducta.

De hecho, afirma que cualquier actividad humana tiende hacia un fin: nada se hace sin un objetivo que pretenda alcanzarse.

Por ejemplo, las acciones de un zapatero tienen como finalidad producir un zapato bien hecho; así como la actividad de un estudiante es asimilar adecuadamente los conocimientos de una asignatura.

No obstante, en estos ejemplos observamos que ambas acciones no son semejantes y los objetivos que persiguen tampoco lo son.

Hay actividades cuyo término es la fabricación de un producto exterior o distinto a la persona que lo elabora.

Mientras otras, tienen como propósito algo interior a quien las realiza: el sujeto es el propio fin de la operación.

Además, observamos que algunas cosas son la finalidad de ciertas acciones, pero son medios en relación con otros objetivos.

Para ejemplificar: la comprensión de las distintas asignaturas es la intención que se busca al estudiar una licenciatura.

Mientras que dicho conocimiento sólo es un medio para otros logros, como conseguir un trabajo o ingresar a un posgrado.

El fin último del hombre

Hay, pues, distintas actividades y unas se subordinan a otras. Asimismo, existen diversos fines y unos se encuentran sobre otros, de tal modo que en conjunto integran una jerarquía.

Con estas premisas, Aristóteles llega a la conclusión de que debe existir un fin último. Es imposible que todos los fines sean sólo medios para lograr otra cosa y así hasta el infinito.

En dicha situación, caeríamos en una paradoja, pues no serían fines de nada y, por tanto, resultarían absurdos e innecesarios. Por el contrario, lo cierto es que hay fines.

En consecuencia, debe haber uno que sea un fin en sí mismo y no sea medio para ningún otro. Y por tratarse del fin último, no será para nosotros un bien entre otros, sino que será el bien soberano.

¿Cuál será el fin más alto de todos? ¿Qué representará para los seres humanos la máxima aspiración, por encima de la cual no exista ninguna otra?

La felicidad como fin supremo

El fin supremo o bien último del hombre es la felicidad. La felicidad la escogemos siempre, por encima de todo, a diferencia del honor, la riqueza o el placer.

Esos bienes son atractivos y los elegimos pensando encontrar en ellos la felicidad; por tanto, son medios y no fines.

La felicidad, en cambio, es autosuficiente y por sí misma hace que la vida valga la pena. Entonces, la buscamos todos, la deseamos siempre y la pretendemos con todas nuestras acciones.

Pero ¿en qué consiste la felicidad? Es un hecho que hoy en día no existe un acuerdo universal acerca de qué nos hace felices. En la época de Aristóteles, tampoco.

El contenido de la felicidad

Nuestro filósofo divide los bienes que nos aportan felicidad en tres tipos:

De todos ellos, el mayor bien será el que favorezca el pleno desarrollo de la esencia humana. Por eso, Aristóteles considera que los bienes del alma son los bienes por excelencia.

Por tanto, en dichos bienes radica, de manera privilegiada, la felicidad.

No obstante, su postura es bastante realista y por completo actual: la felicidad no puede ser algo abstracto o inalcanzable.

Sin algunos bienes externos y del cuerpo sería imposible que nos sintiéramos felices del todo. Querer un cuerpo sano y reconocimiento son aspiraciones legítimas que nos acercan a la plenitud.

Dos consecuencias fundamentales de la reflexión aristotélica que acabamos de sintetizar son:

Para Aristóteles es impensable que el fin supremo, al que aspiramos todos, sea simplemente una ilusión o un proyecto inalcanzable.

Las razones de Freud

En principio, el padre del psicoanálisis concuerda con la filosofía de Aristóteles. Lo que todos los hombres esperan de la vida es conseguir la felicidad y mantenerla.

Para Freud, sin embargo, este ideal tiene dos caras:

De estas dos, la felicidad propiamente dicha consiste en la primera. Aun así, cada persona orienta toda su actividad en una u otra dirección, dependiendo de la meta que busque conseguir.

Y aquí concluye el punto de contacto entre ambas teorías.

Un proyecto irrealizable

Pese a que la búsqueda de la felicidad gobierna los deseos humanos, se trata de un propósito absolutamente inconseguible.

Freud considera que los planes de la creación no incluyen la intención de que el hombre sea feliz. Nuestra propia constitución hace que nos resulte más fácil experimentar la desdicha.

Nuestra felicidad se ve amenazada continuamente desde tres lados:

Ante la presión de tales posibilidades de desdicha, es comprensible que el ser humano decida rebajar sus pretensiones de felicidad.

Nos conformamos con niveles más modestos y nos consideramos felices si logramos escapar del sufrimiento y evitar el dolor.

Así, dejamos en segundo plano la meta positiva, es decir, la búsqueda del placer.

Nuestros intentos de escapar del sufrimiento

Las distintas escuelas de sabiduría y las prácticas humanas han propuesto diversos caminos para alcanzar el objetivo, que se distinguen por la amenaza de sufrimiento que intentan contrarrestar.

La felicidad posible

Cada uno de nosotros tenemos una constitución psíquica particular, de ahí que sea un asunto individual encontrar el mejor camino:

En cualquier caso, ninguno permite alcanzar la felicidad plena. Pese a ello, Freud admite que es imposible dejar de perseguirla.

El reto consiste en discernir la dicha posible a la que puede aspirar cada uno en un sentido muy moderado.

Es más, si lográramos mantenernos en un estado de satisfacción por mucho tiempo, sólo obtendríamos una sensación ligera de bienestar.

Nuestra condición humana es paradójica: gozamos intensamente el contraste entre la felicidad y el sufrimiento y muy poco el estado.

Frente a frente

La filosofía de Aristóteles considera la felicidad como el supremo bien y el fin último del hombre.

Es la máxima aspiración humana y resulta del todo posible lograrla conjugando los bienes externos, del cuerpo y del alma.

Para Freud, la felicidad se presenta como resultado de satisfacer necesidades acumuladas, que han alcanzado un nivel elevado de tensión.

Por lo tanto, solo es posible hablar de ella como un episodio instantáneo y pasajero.

¿De qué lado estás, amigo lector?

Para saber más

Licenciatura en Filosofía, Universidad Intercontinental. Disponible en https://www.uic.mx/licenciaturas/instituto-intercontinental-de-misionologia/filosofia/

Licenciatura en Psicología. Universidad Intercontinental. Disponible en https://www.uic.mx/licenciaturas/division-de-la-salud/psicologia/

Doctorado en Psicoanálisis, Universidad Intercontinental. Disponible en https://www.uic.mx/posgrados/salud-calidad-vida/doctorado-en-psicoanalisis/

Maestría en Psicoterapia Analítica, Universidad Intercontinental. Disponible en https://www.uic.mx/posgrados/salud-calidad-vida/maestria-en-psicoterapia-psicoanalitica/

Jesús Ayaquica, Sigmund Freud: entre la genialidad y la obsesión de muerte. Disponible en https://www.uic.mx/sigmund-freud-entre-la-genialidad-y-la-obsesion-de-muerte/

Aristóteles, Ética Nicomaquea, Madrid, Gredos, 2003.

Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”, en Sigmund Freud. Obras completas. Vol. XXI, Buenos Aires, Amorrortu, 1992.