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Escrito por: Marco Tulio Lailson Lailson
Docente de la Licenciatura en Traducción
junio 11, 2019

En las obras de Josefina Vicens la identidad es uno de los temas principales. Sus protagonistas, a través de la introspección, indagan sobre los condicionantes que limitan la plenitud de sus propios seres. Son personajes cuya individualidad se encuentra sepultada por el peso del contexto en que están inmersos.

José García, esposo y padre responsable de dos hijos, oficinista de modesto salario, intenta inútilmente escribir una novela en un libro cuyas páginas se mantienen en una blancura sin mácula. En contraste, en otro libro escribe compulsivamente sus recuerdos, anécdotas y reflexiones sobre su vida. Con la luz de su conciencia busca entre las sombras un anhelado encuentro: con él mismo.

De esta manera, intenta poner remedio a esa insatisfacción que lo agobia, a esa grisura de su rutina, a la ansiedad que le provoca ser quien no es, a la angustia que padece al saberse preso de sí mismo y que a veces mitiga con alcohol. Pero el peso de sus circunstancias se le impone.

De joven quiso ser marinero, pero se lo objetó su padre: había nacido varón y debía cuidar de sus hermanas. La congoja de su madre hizo el resto y así abandonó sus deseos; perdió, por primera vez, una parte de sí en aquel puerto donde nació.

La identidad fracturada difícilmente recupera su estado original. José García supuso que hallaría la plenitud en brazos de su primer amor, una mujer madura. Sin embargo, el encuentro cabal con el otro sólo puede consumarse cuando se es dueño de uno mismo; no era el caso y el protagonista de nueva cuenta quedó sujeto a las decisiones ajenas.

Aquel amor a la primera oportunidad lo dejó y ocasionó en él una nueva pérdida. Sus relaciones posteriores, incluido su matrimonio, dan cuenta de una personalidad dependiente, supeditada a las presencias femeninas en quienes intenta encontrar, inútilmente, una parte de su personalidad que sólo se halla en su interior, en esa parte oscura que se manifiesta por medio de una insatisfacción permanente, de un sinsentido en los actos de su vida cotidiana, en una vacío tan blanco como las páginas del libro cuya escritura es siempre postergada.

Vicens deja ver cómo el rigor de las circunstancias moldea la personalidad de José García y, al mismo tiempo, muestra indicios que permiten percibir de qué manera esa misma personalidad fomenta y estrecha vínculos de dependencia con otros individuos de su entorno.

Sin duda, el contexto asfixia al personaje, pero él mismo alimenta esta situación al carecer de una identidad propia, al reproducir moldes de conducta que lo alejan de sí y dan continuidad a un orden de valores que se impone como normalidad.

Sin embargo, la autora no se limita a caracterizar a su protagonista con rasgos psicológicos prototípicos. Va más allá. Está consciente que detrás de esa máscara palpita, como en todo individuo, existe un rostro auténtico. De ahí que, en un intento por dignificarlo, narre las trasgresiones de José; nada estridentes ni radicales, aunque sí auténticas, portadoras de otros valores que se oponen a los convencionales.

Estos actos de sutil rebeldía muestran un ser honesto y sensible, capaz de sorprenderse ante las mínimas muestras de la belleza natural que su entorno le permite apreciar, que es solidario con sus compañeros a costa de mermar su escaso salario y, sobre todo, que encuentra en la intimidad y en la escritura un espacio para indagar sobre sí, para dejar de ser, por breves, pero significativos momentos, un marinero frustrado, un amante despechado, un esposo, un padre, un empleado, para encontrar destellos de una personalidad única e insustituible: la de José García.

Luis Alfonso, el joven protagonista de Los años falsos, también vive preso de sí mismo. La presencia de su padre lo agobia, aun desde la muerte. Hijo primogénito de Poncho Fernández, lo tuvo como único referente desde la infancia, y fue su machismo brutal la principal herencia que recibió.

Las actitudes de la madre para reafirmar el rol que le fue impuesto, garantizando así la estabilidad del hogar, y la pasividad casi de autómatas de sus hermanas gemelas, completaron el legado desde el ámbito familiar.

Otro tanto hicieron los amigos del padre difunto, al grado de que Luis Alfonso ocupó el puesto de asistente de un diputado que le habría correspondido a su padre. El azar también hizo lo suyo cuando permitió que intimara con Elena, la amante de Poncho Fernández.

El perfil psicológico no puede ser más claro. Un nuevo marcho encana en Luis Alfonso, quien así vive en una permanente contradicción ante la imagen paterna: anhela su presencia y su protección y siente nostalgia por los años de infancia en donde compartía con él aventuras e ilusiones, a la vez crece en su interior un odio ante esa representación que le niega la posibilidad de ser él mismo.

Su rebeldía ante dicha opresión, lejos de ser una alternativa para poner remedio a este cuadro, lo reafirma; se vuelve competencia feroz de esa imagen y cierra el círculo vicioso donde el personaje se mueve.

Su relación con Elena ilustra lo expuesto. La desea porque fue la mujer del padre y, al hacerla suya, prolonga a través ella la figura paterna; pero, al mismo tiempo, tiene celos, con los que constantemente la hostiga hasta reducirla a una mera presa, a un objeto del deseo de dos machos en pugna: uno joven y vivo; el otro —más poderoso—, actuando como imagen desde la interioridad del primero; desde sus conductas, deseos y decisiones.

Pero ese machismo con origen en la intimidad no se limita a tal ámbito, se extiende hacia lo público, y sucede lo mismo tanto en el caso de Poncho Fernández, como en el de su hijo.

La ostentación, el alarde, la simulación, que son componentes esenciales de ese patrón psicológico, toda vez que llevan implícito un ocultamiento y negación compulsiva de una identidad vulnerada y vulnerable, Vicens los hace presentes en ambos personajes.

Por ello, Poncho Fernández distribuye, a la menor provocación, tarjetas de presentación en las que muestra cargos que no ocupa. Por ello, su hijo va en la camioneta de su jefe a la escuela que, muy a su pesar abandona, y se presenta ante sus amigos como un hombre de éxito.

El autoritarismo también es un rasgo característico del machismo, porque muestra un énfasis innecesario en el ejercicio del poder que da cuenta de una debilidad íntima, inconfesable.

No hay duda que el medio donde se mueve Pancho Fernández es autoritario: sus amigos con sus juergas interminables, sus bravuconerías y alardes; la conducta de su jefe el diputado, trepador de los peldaños del poder a costa de servilismo y, en consecuencia, prepotente y déspota hacia los excluidos de ese ámbito.

En Luis Alfonso, el autoritarismo se presenta sobre todo en su conducta hacia las mujeres; Hacia su madre que lo fomenta, hacia sus hermanas que lo padecen con mínimos reclamos, hacia Elena que lo asume como un componente esencial de su relación con los hombres.

Pero no es posible la réplica exacta de conductas en individuos distintos, a pesar de los vínculos estrechos que existan entre ellos. El ser siempre tenderá a rebelarse contra las exigencias del deber, contra los criterios de normalidad impuestos por una cultura dominante.

Entonces, Vicens muestra a un Luis Alfonso en constante lucha por rescatar su propia personalidad, deseoso de superar los condicionamientos que lo hacen transitar por la vida sin asumirla a plenitud.

Esta actitud es clara cuando el joven rechaza categórico que los amigos de su padre lo nombren con ese diminutivo que en su carga de afecto lleva también una dosis de crecimiento fallido o trunco, de infancia no superada.

De igual manera, otro destello de la auténtica identidad del personaje se hace presente cuando contradice las descalificaciones que el diputado hace a un grupo de campesinos, situación que lo lleva a una pérdida temporal de su empleo.

Pero estos actos esporádicos, aunque significativos, no llegan a constituir un cambio en su conducta. El peso de la costumbre se impone. En la conciencia de Luis Alfonso, y más allá de ella, permanecerá la imagen del padre, ocultando las luces de una personalidad distinta, ésa que, de ser asumida a cabalidad, cambiaría el orden de valores heredados por el personaje y establecería los propios, sin duda más libres, justos y plenos.

Tanto en El libro vacío como en Los años falsos, Josefina Vicens muestra las tragedias íntimas de hombres presos de sí mismos; carentes de una identidad auténtica, en constante búsqueda de ella; deseosos de superar los condicionamientos que una realidad autoritaria les impone.

Son obras en donde se hace presente un cuestionamiento a los valores prevalecientes en una sociedad; aunque también son, a pesar de la apariencia, novelas esperanzadoras, toda vez que, en ambas, los personajes, incluso con el peso de sus circunstancias, no dejan de ejercer sus propias identidades, aquellas que tarde o temprano habrán de imponerse sobre las inercias dominantes.

Son obras donde palpitan el amor y la confianza hacia las auténticas potencialidades humanas, que prevalecerán por encima de las imposiciones de los deberes socialmente impuestos, pues tienen su origen en el centro mismo de nuestra especie, en aquello que nos otorga dignidad y sentido en el mundo.

 

Para saber más

Vicens, Josefina, El libro vacío/Los años falsos, Fondo de Cultura Económica, México, 2013.

Licenciatura en Traducción, Localización e Interpretación, Universidad Intercontinental.

Licenciatura en Filosofía, Universidad Intercontinental.

Licenciatura en Comunicación Digital, Universidad Intercontinental.

* Las opiniones vertidas en las notas son responsabilidad de los autores y no reflejan una postura institucional