Perfeccionismo, el costo invisible de vivir a prueba

Autor UIC

Escrito por: Orlando Domínguez Corona

Licenciatura en Psicología

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El perfeccionismo puede instalarse de manera silenciosa en la vida cotidiana. No siempre se nota como problema; a veces, se disfraza de responsabilidad, compromiso o disciplina. Se cumple con el día, con la lista, con la imagen de “estar bien”. Afuera todo parece en orden; adentro, cualquier error se vive como una amenaza.

La pregunta “¿qué me falta?” deja de ser curiosidad y se convierte en exigencia. Entonces, la excelencia ya no es elección, sino requisito para sentirse suficiente, aunque sea por un momento.

Esa sensación de vivir “a prueba” no suele anunciarse con dramatismo, se normaliza poco a poco. Sin embargo, tiene un costo.

Perfeccionismo y excelencia no son lo mismo

No todo estándar alto es problemático. La excelencia tiene dirección y flexibilidad: se orienta a mejorar y permite aprender del error. El perfeccionismo desadaptativo aparece cuando el valor personal queda atado al resultado: “si no sale impecable, entonces yo no valgo” (Shafran et al., 2002).

Por fuera, ambas posturas pueden lucir similares; sin embargo, la diferencia radica en la relación con el error. En la excelencia, el error informa. En el perfeccionismo ansioso, el error acusa.

El “debo” que alimenta la ansiedad

El perfeccionismo suele hablar como regla interna:

“Debo poder.”
“Debo estar a la altura.”
“Debo demostrar.”

Desde la terapia racional emotivo conductual, Ellis explica de qué manera estos “debo” transforman deseos razonables en exigencias absolutas. Cuando el logro define la identidad, la ansiedad deja de ser accidental; se vuelve consecuencia lógica.

No se trata solo de hacerlo bien. Se trata de evitar sentirse insuficiente.

El costo invisible del perfeccionismo

A corto plazo, el perfeccionismo parece eficaz. A mediano y largo plazo, pasa factura.

1. El cuerpo.

Tensión constante, insomnio, irritabilidad. Vivir en alerta agota.

2. El tiempo.

Revisión excesiva, sobrepreparación o procrastinación disfrazada de perfección. “Todavía no lo mando.” El resultado: más desgaste y menos avance.

3. Los vínculos.

Dificultad para delegar, impaciencia, control.

La alta autoexigencia no viene sola; existen factores sociales que intensifican la comparación y la presión por rendir.

Un entorno que empuja a demostrar

En América Latina, la incertidumbre económica no es una idea abstracta, sino una experiencia cotidiana que atraviesa proyectos personales, trayectorias profesionales y decisiones de vida. Cuando el entorno se percibe inestable, muchas personas intentan recuperar la sensación de control: se exigen más, se presionan más o se responsabilizan incluso de aquello que no depende completamente de ellas.

A esa dinámica se suma la comparación constante en redes sociales, donde el éxito se muestra sin proceso y el logro sin duda. En ese espejo digital, quien todavía está construyendo se siente rezagado.

No es casualidad que distintas investigaciones identifiquen un aumento en el perfeccionismo en generaciones jóvenes; sobre todo, en el que se vincula con la presión externa y las expectativas sociales (Curran y Hill, 2019). Es decir; más comparación y más incertidumbre se traduce en una necesidad más intensa de demostrar.

Alto rendimiento genuino, la diferencia clave

No todo esfuerzo intenso nace del miedo. El alto rendimiento también surge de la autonomía, del sentido y de la motivación interna (Ryan y Deci, 2000). La diferencia está en qué lo motiva: ¿Actúas desde el miedo a fallar o desde el deseo de crecer? Una pregunta sencilla ayuda a distinguirlo: ¿Puedo equivocarme sin sentir que mi valor está en juego?

Tres movimientos para dejar de vivir a prueba

No se trata de bajar el nivel, sino de reorganizar la relación contigo mismo.

1. Cambiar la pregunta.
En lugar de “¿qué me falta como persona?”, prueba con “¿qué puedo ajustar en mi estrategia?”.

2. Practicar el “suficientemente bueno”.
No es mediocridad, es funcionalidad. Terminar, entregar y avanzar.

3. Separarte del pensamiento.
No pienses “soy insuficiente” sino “estoy teniendo el pensamiento de que soy insuficiente” (Harris, 2009). Ese pequeño espacio cambia decisiones.

Si ya te formas en Psicología o atraviesas procesos académicos exigentes, esto marca la diferencia entre crecimiento y desgaste crónico.

Dichas reflexiones forman parte de los enfoques que se trabajan en nuestra Licenciatura en Psicología, donde se estudian los procesos cognitivos, emocionales y conductuales con profundidad teórica y clínica.

Recuperar la vida del examen permanente

La autoexigencia no siempre se vive como sufrimiento; a veces, se percibe como identidad. Pero vivir a prueba roba tranquilidad, tiempo y vínculo interno.

Asimismo, el crecimiento se construye con resultados; pero también con humanidad: equivocarse, aprender, pedir ayuda y continuar. La pregunta no es “¿qué me falta?” sino “¿qué necesito para dejar de demostrar y empezar a vivir?”

Preguntas frecuentes

¿El perfeccionismo siempre es negativo?
No. Existen estándares altos saludables. El problema surge cuando el valor personal depende del resultado.

¿El perfeccionismo está relacionado con la ansiedad?
Sí. La autoexigencia rígida suele incrementar la ansiedad y el estrés sostenido.

¿Se puede dejar de ser perfeccionista?
No se trata de eliminar la exigencia, sino de flexibilizarla y separar identidad de desempeño.

Para saber más

Doctorado en Psicoanálisis

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