La Guerra de Malvinas dejó 649 muertos del lado argentino, y con ellos, familias que enfrentaron el duelo en condiciones de abandono institucional casi total. No hubo políticas de acompañamiento, no hubo protocolos terapéuticos, no hubo un espacio social legítimo donde el dolor pudiera nombrarse y, mucho menos, elaborarse. Cada familia procesó como pudo, con lo que tenía, en el silencio de su núcleo.
Este artículo toma como punto de partida un texto autoetnográfico que se produjo en el marco de una investigación doctoral sobre los hijos de los caídos en Malvinas: la experiencia de quien investiga en tanto ella misma es parte constitutiva del fenómeno estudiado. La autora es hija del mayor Rubén Héctor Martel, piloto de la Fuerza Aérea Argentina, quien murió el 1 de junio de 1982 en el derribamiento del Hércules TC-63 sobre el Atlántico Sur.
La decisión de incorporar esa experiencia como dato analítico se apoya en la tradición del conocimiento situado y en la autoetnografía como método. La autoetnografía no es confesión, es el ejercicio más exigente de la investigación cualitativa, el que requiere mayor distancia analítica porque la cercanía emocional es más intensa.
El trauma como desconexión
El diálogo central se establece con la obra de Gabor Maté; en particular, con El mito de la normalidad. Maté propone una reconfiguración del trauma que lo sitúa no en el evento catastrófico externo sino en lo que ocurre dentro del sujeto cuando ese evento excede los recursos disponibles para procesarlo.
El trauma no es lo que te sucede, sino lo que ocurre dentro de ti como resultado de lo que te sucede.
En este marco, el trauma es, antes que nada, desconexión: del propio cuerpo, de las emociones auténticas, de los vínculos que deberían proveer sostén. Esta desconexión no ocurre de un momento a otro; se consolida en el tiempo, cuando el entorno familiar, social e institucional no ofrece los marcos necesarios para integrar el dolor.
El yo adaptado y el yo auténtico
Uno de los conceptos más fértiles es la distinción entre el yo auténtico y el yo adaptado. El yo auténtico es el conjunto de necesidades, emociones y formas de vincularse que el sujeto trae desde los primeros momentos de vida. El yo adaptado surge cuando ese yo entra en conflicto con las condiciones del entorno.
Maté subraya que el niño traumatizado no es el difícil: es, con frecuencia, el ejemplar. La buena conducta es el índice más preciso de su adaptación y, por lo tanto, de su daño.
Esta distinción dialoga con la idea de pérdida ambigua: una pérdida sin cierre ritual, sin cuerpo, sin tumba, sin activación social del duelo. En este contexto, la certeza afectiva convive con la incertidumbre, y esa brecha produce efectos psíquicos específicos.
El yo adaptado, la niña que aprendió a no molestar
“La niña que creció en ese silencio aprendió a ser muy buena, muy madura, a no molestar con su duelo. Y esa niña esperó” (Martel, 2026).
La niña que no molesta no está bien. Está adaptada. La diferencia es crucial. La supresión de las necesidades emocionales propias en función del sostenimiento del vínculo es una de las formas más silenciosas del trauma. El yo auténtico se retira; el yo adaptado aprende a anticipar el dolor ajeno, a volverse invisible en su propia herida.
La familia aprendió a callar no por conspiración ni por negligencia, sino como acto de amor. Las hijas silenciaron su duelo para proteger a la madre que las sostenía. Y al hacerlo quedaron solas con él.
Para quienes ya se forman en psicología
Este tipo de procesos no suele aparecer en manuales diagnósticos; sin embargo, atraviesa múltiples experiencias clínicas. El yo adaptado no se presenta como síntoma evidente: funciona, cumple, incluso destaca. Por ello, resulta más difícil de identificar.
Desde la práctica profesional, reconocer la diferencia entre adaptación y elaboración implica desplazar la pregunta de ¿qué tiene esta persona? a ¿qué le ocurrió y cómo tuvo que responder para sostener sus vínculos?
Preguntas frecuentes
¿Qué es el yo adaptado?
Es una forma de funcionamiento que desarrolla el sujeto para sostener vínculos cuando sus necesidades emocionales no pueden expresarse sin riesgo.
¿Por qué la buena conducta puede ser un indicador de trauma?
Porque puede implicar supresión emocional y sobreadaptación, no necesariamente bienestar.
¿Qué significa que el trauma sea desconexión?
Que afecta la relación del sujeto con su cuerpo, emociones y vínculos, más que limitarse al evento externo.
La distinción entre el yo adaptado y el yo auténtico plantea una exigencia clínica y formativa. Si la adaptación puede confundirse con salud, ¿qué herramientas se tienen en el campo profesional para reconocer aquello que funciona, pero que al mismo tiempo duele?
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Para saber más
Martel, M. (2026). Los otros hijos: Filiación, memoria e identidad en hijos de caídos en Malvinas [Tesis doctoral]. Universidad Nacional de General Sarmiento-IDES.


